En palabras sencillas (aunque un alejadas de la "realidad" para un matemático) el Teorema del Límite Central nos dice que en grandes cantidades una variable está distribuida en un promedio que puede representarse en la famosa campana de Gauss. Al decir, por ejemplo, que África es pobre, el infortunado continente lo es EN PROMEDIO; en un promedio resultante de combinar las condiciones de vida de todos sus habitantes. Pero si tomamos el 20% más rico (o menos pobre) del África nos daremos cuenta que indicadores como su esperanza de vida, su ingreso (si, promedio) y su mortalidad infantil, coinciden con los de países como Francia o Alemania a principios de los años 90. Eso nos hace preguntarnos si de verdad la pobreza en África no tiene solución o si ésta no descansa en las manos de los africanos.
Una cerveza fría, está fría en promedio, es decir, podriamos encontrar en ella unas pocas partículas que están calientes (o al menos, "al clima") entre los billones que la componen.
Los atributos psicológicos y/o emocionales que (creía yo) diferencian a las mujeres de los hombres, existen en una "campana de gauss" mas bien dispersa, ambigua, gaseosa, casi coloidal. Por favor vean este video:
No, no es un comercial... el video fue real pero la autora lo descolgó al recibir toda clase de burlas y ofertas para tener un segundo y tercer hijos. Sin embargo, otro usuario de youtube lo volvió a colgar y, de chistorete, puso el crédito al final. ¡Pobre August!!! Su próximo biberón será de vidrio, tendrá las etiquetas "Carlsberg" y "Tuborg"... ¿heredará el hijo las capacidades del padre?
El Copenhagen de hoy es eso (i.e. tener un hijo sin saber a ciencia cierta si el hijo incluye al padre), o el aborto.
Una danesa -en promedio- no tiene problema en "darlo" a la primera cita, en caerle a un tipo que le gusta de buenas a primeras, en irse a un Night Club (si está soltera y con las hormonas alborotadas) a buscar negros o turcos (famosos en esta parte del mundo por el tamaño de sus miembros y por su desempeño sexual). En grupos, en las noches de rumba, caminan por las calles, eructan y escupen sin problema, se emborrachan si quieren emborracharse (deseo que en el invierno no es para nada excepcional) y una vez borrachas, entonces caen de sus bicicletas -o terminan como Karen-. Les encanta el baile, pero a falta de hombres que respondan a esa necesidad, ellas han tenido que salir en grupos con más mujeres para poder bailar entre-ellas (la otra opción son los inmigrantes, pero... eso es como si las hipotéticas lectoras de estas líneas deciden salir, de primerazo, con un tipo chévere que vende saumerios en el bus que de Torca-Lijacá conduce a Matatigres). A veces pareciera que las mujeres son requieridas por otras mujeres también para charlar, dado que no encuentran mayor sintonía con los hombres... sintonía que aguante una larga conversación en una noche de rumba.
Por momentos tengo la sensación que lo que distingue a un muñeco inflable de un joven danés (en promedio, claro) es la salivación, el babeo.
La censura social hacia una mujer no pasa de aconsejarle un psicólogo si ya pasó de los 35 y no tiene ni esposo ni hijos para tomarse la foto (porque no es que las familias duren mucho). Vestir minifalda y medias veladas rotas no es ser loba; darlo a la primera cita no es ser puta; ser madre soltera no es condenarse. El respeto por la individualidad, en cualquier caso, va para todos los lados, para hombres y mujeres por igual, en la adolescencia, en la adultez y en la vejez, en los parques y cementerios donde se broncean hombres y mujeres durante el verano con el torso descubierto, en los salones de clase, en las playas, en los baños -donde se puede tener sexo en una noche de copas una noche loca-, etc.
No sé en qué momento en Latinoamérica terminamos construyendo un paradigma en que las nenas han sido presas de una sociedad que les exige ciertos niveles de mojigatería si quieren ser aprobadas y aceptadas. No sé hasta qué punto eso ha influído para construir diferencias sociales, psicológicas y emocionales entre los hombres y las mujeres, que no pasan de ser puros espejismos para que Walter Rizo haga plata explicándonos el pajazo mental en que vivimos, mientras que Ricardo Arjona y Ángela Botero regurgitan sus tóxicos y básicos ríos de tinta echándole la culpa de todo al amor y al género (o al amor por el género). En todo caso, yo sigo aquí, confundido, preguntándome si somos de verdad tan diferentes o si todo se resume en el babeo que desprende tanta testosterona.
Una cerveza fría, está fría en promedio, es decir, podriamos encontrar en ella unas pocas partículas que están calientes (o al menos, "al clima") entre los billones que la componen.
Los atributos psicológicos y/o emocionales que (creía yo) diferencian a las mujeres de los hombres, existen en una "campana de gauss" mas bien dispersa, ambigua, gaseosa, casi coloidal. Por favor vean este video:
No, no es un comercial... el video fue real pero la autora lo descolgó al recibir toda clase de burlas y ofertas para tener un segundo y tercer hijos. Sin embargo, otro usuario de youtube lo volvió a colgar y, de chistorete, puso el crédito al final. ¡Pobre August!!! Su próximo biberón será de vidrio, tendrá las etiquetas "Carlsberg" y "Tuborg"... ¿heredará el hijo las capacidades del padre?
El Copenhagen de hoy es eso (i.e. tener un hijo sin saber a ciencia cierta si el hijo incluye al padre), o el aborto.
Una danesa -en promedio- no tiene problema en "darlo" a la primera cita, en caerle a un tipo que le gusta de buenas a primeras, en irse a un Night Club (si está soltera y con las hormonas alborotadas) a buscar negros o turcos (famosos en esta parte del mundo por el tamaño de sus miembros y por su desempeño sexual). En grupos, en las noches de rumba, caminan por las calles, eructan y escupen sin problema, se emborrachan si quieren emborracharse (deseo que en el invierno no es para nada excepcional) y una vez borrachas, entonces caen de sus bicicletas -o terminan como Karen-. Les encanta el baile, pero a falta de hombres que respondan a esa necesidad, ellas han tenido que salir en grupos con más mujeres para poder bailar entre-ellas (la otra opción son los inmigrantes, pero... eso es como si las hipotéticas lectoras de estas líneas deciden salir, de primerazo, con un tipo chévere que vende saumerios en el bus que de Torca-Lijacá conduce a Matatigres). A veces pareciera que las mujeres son requieridas por otras mujeres también para charlar, dado que no encuentran mayor sintonía con los hombres... sintonía que aguante una larga conversación en una noche de rumba.
Por momentos tengo la sensación que lo que distingue a un muñeco inflable de un joven danés (en promedio, claro) es la salivación, el babeo.
La censura social hacia una mujer no pasa de aconsejarle un psicólogo si ya pasó de los 35 y no tiene ni esposo ni hijos para tomarse la foto (porque no es que las familias duren mucho). Vestir minifalda y medias veladas rotas no es ser loba; darlo a la primera cita no es ser puta; ser madre soltera no es condenarse. El respeto por la individualidad, en cualquier caso, va para todos los lados, para hombres y mujeres por igual, en la adolescencia, en la adultez y en la vejez, en los parques y cementerios donde se broncean hombres y mujeres durante el verano con el torso descubierto, en los salones de clase, en las playas, en los baños -donde se puede tener sexo en una noche de copas una noche loca-, etc.
No sé en qué momento en Latinoamérica terminamos construyendo un paradigma en que las nenas han sido presas de una sociedad que les exige ciertos niveles de mojigatería si quieren ser aprobadas y aceptadas. No sé hasta qué punto eso ha influído para construir diferencias sociales, psicológicas y emocionales entre los hombres y las mujeres, que no pasan de ser puros espejismos para que Walter Rizo haga plata explicándonos el pajazo mental en que vivimos, mientras que Ricardo Arjona y Ángela Botero regurgitan sus tóxicos y básicos ríos de tinta echándole la culpa de todo al amor y al género (o al amor por el género). En todo caso, yo sigo aquí, confundido, preguntándome si somos de verdad tan diferentes o si todo se resume en el babeo que desprende tanta testosterona.
