lunes, 26 de enero de 2009

As curious as Benjamin Button


Algo que me ha llamado la atención de la película “The curious case of Benjamin Button” es la idea del cambio. Dice que cuando uno sale de casa y vive una temporada fuera de ella hay una extraña sensación al volver: los aromas son los mismos, el cómo lucen las cosas, la gente parece la misma, parece que no hubiera pasado tanto tiempo desde que uno se fue. Sin embargo, hay algo diferente: el que ha cambiado es uno. Y ese es un buen regalo que deja el irse de casa.

Estas vacaciones en Colombia me han confirmado esa sensación. En este post me ocuparé de un ejemplo trivial. Hoy tomé buses para salir y volver a casa. El viaje de vuelta es representativo: tomo una buseta y me siento en la única silla que queda en la última fila (i.e. “donde los músicos”). Está lloviznando. Dado que son más de las 18:00 horas la buseta no para de recoger gente de modo que se llena en menos de 15 minutos e incluso hay pasajeros detrás de la máquina registradora, en la escalera, quienes permanecen de pie peligrosamente ante la puerta que se sigue abriendo y cerrando sin cesar. Lo primero en que reparo es en ese círculo vicioso que crea la terquedad en nosotros: el chofer del bus obstinadamente quiere que más gente se suba y los potenciales pasajeros luchan por subirse cuando el bus se detiene a recogerlos, incluso, cuando hay gente prácticamente colgando de la puerta. Al final el transporte es un solo y monumental absurdo: la buseta se detiene para que nadie pueda subirse.

Luego empecé a fijarme en las caras de las personas que iban de pie. Todos callados, miraban al vacío tan ensimismados en sus pensamientos, y eran tan ajenos, creo yo, incluso a su propia respiración, que los vidrios empezaron a empañarse y comenzó a hacer un calor sofocante dentro de la buseta. Curioso que eso sigue igual: nadie abre, ni siquiera por higiene, las ventanas. Y es justo en ese momento cuando el chofer decide no recoger más pasajeros y cierra la puerta de la buseta, bloqueando la única entrada de aire exterior que quedaba. Aún así las miradas parecen inmóviles e inmutables, las caras siguen igual de serias. No muy diferentes de las actitudes de los pasajeros en Dinamarca. Mientras en ésta última esas actitudes están rodeadas por el orden del transporte público y el respeto por sus usuarios, en Cundinamarca nos rodea el caos y esa manía de ignorar tanto al otro, que termina en un ignorar-de-sí-mismo. En ambos lugares, sin embargo, los pasajeros lucen igual, con esa pasiva y ensimismada actitud.

El caos tiene la fea particularidad de ser progresivo. De un momento a otro una pasajera salió de su ensimismamiento y pide al chofer, sin resultados, que le baje el volumen al radio. Entonces noto que estamos escuchando “Candela Stereo” y vienen sonando una serie de esos monótonos vallenatos que tanto gustan a la clase transportadora bogotana. Nadie abre las ventanas. Otro pasajero quiere bajarse pero no hay espacio para avanzar hacia la puerta, de modo que escoge gritar. Una pasajera baja la mano del pasamanos, la observa, y la frota impunemente contra la cabecera más cercana. Sigue una serie de gritos y un ignorar progresivo del chofer: él pone toda su atención en los vallenatos y en los seudo-chistes que un remedo de D.J. cuenta sin pudor alguno, mientras finge un acento boyacense con expresiones como “sumercé” o “¿cómo se topa?”. Finalmente un pasajero, que estaba sentado en el extremo izquierdo de la fila en que yo venía, se para. Lucía un traje gris, de paño, una corbata azul y una camisa blanca. La chaqueta iba casi completamente mojada en su espalda, informándonos así que hay una gotera en el extremo trasero-izquierdo de la buseta mientras se hace más estrecho el paso por el corredor.

Cuando me bajo debo moverme cual chimpancé entre las ramas. Vienen los cambios: pedía permiso a todo el mundo, y pedía el favor que me dejaran pasar. Anteriormente me abría paso sin siquiera abrir la boca. Noté que me cuesta avanzar ayudándome del pasamanos y mover mis piernas en esa jungla de extremidades inferiores que se convierte el corredor de los buses en las horas pico. Mis homínidas habilidades se han ido perdiendo. Sentí que me tomó demasiado tiempo el llegar a la puerta para bajarme. Incluso alcancé a sentir que era imposible llegar a mi destino. Sin embargo, al hacerlo, agradecí al último pasajero que venía detrás de la registradora y quien tuvo que bajarse para cederme el paso.

Al estar en tierra noto que me han robado lo único que tenía en mi chaqueta: La edición de bolsillo de “Antes del fin” de Ernesto Sábato. Más cambios: no me produjo molestia una sola cosa de las que he narrado y tampoco lamenté la pérdida del libro. Recordé otra frase de Benjamin Button: Al final de cuentas, nada permanece.

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