domingo, 2 de agosto de 2009

Udlændingeservice

Sigo sin saber porqué apliqué a la “Green-Card” danesa. Tal vez la respuesta del servicio de inmigración danés me de luces sobre qué hacer en el largo plazo. El problema del desarrollo es que propicia un ambiente muy calmado para pensar, pero el ruido mental no se resuelve, las decisiones no aparecen, los argumentos no lucen bien, las razones no son claras y terminas comiendo helado en una plaza cualquiera contemplando a un par de sacerdotes Hare-Krisna tocando platillos y cantando.
A las 8 AM se abren las puertas de la oficina de inmigración. Ya hay una fila casi interminable de usuarios que esperan por su legalización o por completar exitosamente una aplicación. Hay de todo: estudiantes, refugiados, niños, cónyuges, entre otros. Cuando la oficina abre comienza el calvario: lo que hacía pocos instantes era una fila de personas se convierte en una horda de neardentales manoteando y vociferando. Todos se abalanzan sobre la máquina que imprime los turnos en pequeños papelitos.
-¿Porqué tienen que destruir la fila?-, me pregunto yo. En medio de la referida horda de primates hay que empujar y avanzar hacia la máquina de turnos, pero allí no terminan los problemas. Una vez al frente, la dinámica exige precisión, fuerza, estabilidad e inmisericordia hacia el prójimo. Aleatoriamente hay que hacerse espacio con la mano, palmoteando las manos de los rivales, para oprimir el botón, mientras que se usa la otra la otra mano para palmotear con más fuerza y tomar el papel antes que otro oportunista se adelante. La aleatoriedad del juego “Piedra-Papel-Tijera” se mezcla con el dolor de “Manitas Calientes” y como resultado queda en tus manos la diferencia entre el mundo en desarrollo y el desarrollado. Literalmente. (Afortunadamente hay reglas implícitas: por ejemplo nadie se abre paso a codazos).
En la pared opuesta a la entrada aparece información en árabe, turco e inglés que recuerda a los usuarios la importancia de usar el formato de aplicación correcta y adjuntar los papeles exigidos, so pena de no recibirle al aplicante sus documentos. Debo confesar que el árabe hace ver bien la pared. Debió ser una lengua inventada para leerse. A veces pienso que la concreción del inglés más la estética visual del árabe más el sonido del español o el italiano, más la gramática del latín, darían como resultado un idioma casi perfecto. Dos horas de espera en el servicio de inmigración danés dan espacio para incoherencias como esa y muchas más.
La variedad racial en estas oficinas es bastante amplia. Incluso algunos de los burócratas (cuya actitud parece sacada del bibliotecario de “El nombre de la rosa”), lucen como pakistaníes, turcos, marroquíes, etc. Sólo que menos amigables y claramente embriagados por el micro-poder que les otorga el decidir, en parte, las vidas de los demás. Recuerdo la canción de Juan Luis Guerra (i.e. “Visa para un sueño”) y me doy cuenta de lo real y crudo de sus letras. Me pregunto porqué me tocó vivir en esta época y cómo fue que terminé acá. El dolor en las manos ya ha pasado y entonces saco “El Evangelio según Jesucristo” de Saramago. Por un momento me distraigo en sus magistrales, aunque excesivamente ateos -para mi gusto- párrafos.
Al ver mi número paso a la ventanilla. Le entrego los papeles a la rubia que los revisa con un poco de desidia y cansancio. En danés sostenemos un diálogo cuya profundidad no pasa de explicarle un par de cosas acerca de los papeles que anexé. Me dice que no me preocupe, que todo está perfecto, que el servicio de inmigración se tomará hasta 3 meses para examinarlos y dar una respuesta. Si algún inconveniente surgiera me notifican por correo.
Llegué a este país inicialmente por dos años. Ya llevo 3 y medio. Supongo que caminos similares recorrieron los individuos con rasgos occidentales que optaron por la calvicie, el saumerio, los platillos, las túnicas y los cánticos hare hare Krisna Krisna hare hare.

1 comentario:

Alfredo dijo...

jejejeje... muy cómico!!!
Espero que se la den en todo caso.